Diez años han pasado desde que Mario Payán abrió las puertas de Kappo. Hoy, convertido en uno de los grandes referentes de la cocina japonesa en Madrid, el restaurante inicia una nueva etapa en un espacio más amplio donde la experiencia va mucho más allá de la precisión de sus nigiris: la bodega, los sakes y la sobremesa completan un viaje gastronómico pensado para disfrutarse sin prisas.
Hay restaurantes que se ponen de moda y restaurantes que construyen una trayectoria. Kappo pertenece a la segunda categoría. En una ciudad donde las aperturas gastronómicas se suceden a gran velocidad y las tendencias cambian cada temporada, el proyecto de Mario Payán ha logrado algo mucho más difícil: mantenerse relevante sin renunciar a su identidad.
Diez años después de abrir sus puertas en Chamberí, Kappo celebra su aniversario en una nueva ubicación, a escasos metros de la original, pero con una filosofía intacta. La esencia sigue siendo la misma: una cocina japonesa donde el producto manda, la técnica acompaña y la confianza del comensal en el chef es parte fundamental de la experiencia.

Una barra que sigue marcando el camino
En Kappo todo empieza en la barra. Y todo gira a su alrededor. La barra de nogal cántabro de nueve metros no es solo el elemento central del restaurante; es el escenario donde se desarrolla cada servicio. Allí, Mario Payán, junto a Alejandro González y Borja Gorostiza, trabaja con una sincronía que solo se consigue después de años compartiendo oficio.
Lejos de la solemnidad que a veces rodea a la alta cocina japonesa, en Kappo se respira una atmósfera relajada. Hay concentración, por supuesto, pero también conversación, complicidad y disfrute. El restaurante ha evolucionado al mismo ritmo que sus clientes y hoy la experiencia resulta más cercana sin perder ni un ápice de rigor. Quizá ahí resida una de las claves de su éxito: haber sabido crecer sin transformarse en otra cosa.
La confianza como ingrediente principal
La propuesta de Kappo sigue articulándose en torno a un menú único que cambia según la temporada y el producto disponible. No hay carta ni posibilidad de diseñar el recorrido. El comensal se sienta y deja que el equipo tome las decisiones. Puede parecer un ejercicio de fe gastronómica, pero después de diez años esa confianza está más que justificada.
Los pases se suceden con un ritmo medido, alternando elaboraciones que muestran diferentes registros de la cocina de Payán. La técnica japonesa está
presente en cada detalle, aunque nunca se convierte en una exhibición. Aquí no hay artificio ni necesidad de impresionar constantemente; el protagonismo recae siempre en el producto.
Las maduraciones, una de las señas de identidad históricas de la casa, continúan desempeñando un papel importante. Algunos pescados pasan varios días afinando textura, profundidad y complejidad antes de llegar a la barra. Es un trabajo silencioso que rara vez se percibe a simple vista, pero que se traduce en una experiencia mucho más rica en boca.
Aunque el menú incluye diferentes elaboraciones, el corazón de Kappo sigue latiendo al ritmo del nigiri. Cada pieza resume la filosofía de la casa: arroz trabajado con precisión, cortes impecables y una búsqueda constante del equilibrio. Hay espacio para los grandes clásicos, pero también para combinaciones que muestran la personalidad del chef y su capacidad para interpretar la tradición desde una mirada propia. Más que una colección de nigiris, lo que se construye es un relato.
Una bodega que amplía la experiencia
Si la cocina es el primer gran argumento de Kappo, la bodega se ha convertido en el segundo. En esta etapa, el trabajo de Alberto Juzgado adquiere un protagonismo especial. Con más de 500 referencias, la propuesta líquida del restaurante no funciona como un simple acompañamiento, sino como una herramienta capaz de transformar la experiencia.
La selección recorre regiones, estilos y filosofías muy diferentes, permitiendo que cada comensal encuentre un recorrido propio. Desde vinos de marcada personalidad hasta referencias menos habituales, pasando por más de 40 sakes que dialogan con naturalidad con la cocina.
Mientras muchos restaurantes concentran todos sus esfuerzos en los platos, aquí la sobremesa forma parte del viaje. Porque cuando la cocina es buena, uno recuerda los platos. Cuando la experiencia está realmente bien construida, lo que permanece es la sensación de conjunto.
A lo largo de esta década, Madrid ha visto abrir decenas de restaurantes japoneses. Algunos han llegado para quedarse y otros han desaparecido con la misma rapidez con la que surgieron. Kappo, sin embargo, ha permanecido. No porque siga una tendencia concreta, sino precisamente porque nunca ha dependido de ellas.
La nueva etapa del restaurante demuestra que la madurez no consiste en cambiar constantemente, sino en saber evolucionar sin perder aquello que te hizo relevante desde el principio. Y en Kappo, diez años después, esa combinación de producto, técnica, experiencia y hospitalidad sigue funcionando con una naturalidad admirable. La mejor manera de celebrar un aniversario: seguir haciendo las cosas bien.
